"Aquí
estaba, era tarde, esperando, ¿qué?, no sé, sólo esperaba, sentado en un
banquillo, contemplando el entorno, las manchas de tinta incipientes, brotando
de pequeños espacios de tierra, luchando por convertirse en hermosas pinturas
sumi-e. Y las estrellas amarillas, pequeñas, débiles, desprendían una luz
tenue, pero que iluminaban como luciérnagas el lugar, noté algunas viejas:
titilaban constantemente. Y los gigantes, en todas partes, con miles de ojos,
la mayoría cerrados a esta hora, aunque algunos hacían el esfuerzo por abrirse,
lo lograban, y se cerraban al rato, sí, esa calle, era una calle común de
Santiago."
"Era
temprano, alrededor de las 7, él tenia que irse, era una despedida rápida, él
la quería mucho, gastaba mucho tiempo de su fin de semana juntos, tenía un
sinfín de momentos felices y mágicos con ella, la contemplo otro instante, se
acercó, ya listo para partir, y se abalanzó un instante sobre ella, la abrazaba
como podía, un poco triste, pero él sabia que era necesario, tenía que partir,
se alejó de ella lentamente, ya era hora, y no había tiempo para llorar,
después de todo, uno siempre debe decirle adiós a su cama al ir a trabajar."
"Son las
8 a.m y nuestro héroe se traslada a su trabajo en el metro, parado frente a la
puerta veía su reflejo y el de los demás, los odiaba a todos, ya que todos eran
unos borregos desalmados y de expresión indiferente, nuestro héroe los miraba
con rencor, preguntándose:”¿por qué vivían aquellos borregos?, ¿por qué no los
quemaba con un lanzallamas?, al avanzar el tren nuestro héroe veía su reflejo y
el de los demás, y se daba cuenta que su odio era con él mismo, por no poder
salvarse, por no ser más que otro simple borrego."
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